Sobre ránquines: no debemos confundir el indicador con el objetivo
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Sobre ránquines: no debemos confundir el indicador con el objetivo

El pasado mes de agosto conocimos un dato que vuelve a poner de relieve el excelente trabajo que se desarrolla en nuestra universidad: el ranquin de Shanghái ha situado nuevamente a la Universitat Politècnica de València entre las 500 mejores universidades del mundo y como la primera universidad politécnica de España.

Es una noticia que nos alegra y que debemos reconocer como un éxito colectivo. Detrás de este resultado están miles de personas que, desde la investigación, la docencia, la transferencia de conocimiento, el apoyo técnico, la gestión, la administración y los servicios, trabajan cada día para hacer de la UPV una universidad mejor. Pero también una universidad humana, comprometida con su estudiantado y con la sociedad, dimensiones cuya verdadera calidad y alcance difícilmente pueden reflejarse en una clasificación internacional.

La edición 2026 del Academic Ranking of World Universities (ARWU) no representa un resultado aislado: mantiene a la UPV, por 22.º año consecutivo, entre las mejores universidades del mundo. A ello se suman otros reconocimientos internacionales recientes. QS nos ha situado por decimoquinto año consecutivo entre las 500 mejores universidades del planeta, en el puesto 434 de su edición 2027, mientras que Times Higher Education, en su clasificación de impacto y sostenibilidad de 2026, nos reconoce como la universidad española con mayor impacto social y económico.

Son resultados que debemos valorar y celebrar. Pero también creo que los ránquines universitarios merecen una reflexión que vaya más allá de la satisfacción por una posición determinada.

Los ránquines son importantes, pero ¿qué nos dicen realmente?

Los ránquines universitarios son hoy una referencia ineludible. Nos permiten compararnos internacionalmente, conocer nuestras fortalezas e identificar ámbitos en los que debemos mejorar. Aportan información útil a estudiantes, investigadores, instituciones y responsables públicos. Pero ningún ranquin puede explicar por sí solo todo lo que es una universidad.

El ARWU, por ejemplo, mide fundamentalmente una dimensión concreta de la excelencia universitaria, vinculada a la producción científica, su impacto y su reconocimiento internacional. Otros ránquines incorporan indicadores de reputación, internacionalización, sostenibilidad, empleabilidad, calidad docente o impacto social. Cada uno ofrece una perspectiva diferente, con sus propias metodologías, fortalezas y limitaciones.

Y quizá ahí resida la primera lección: no existe una única forma de medir la excelencia universitaria, porque tampoco existe una única dimensión de esa excelencia.

La profesora emérita de la Technological University Dublin Ellen Hazelkorn, una de las principales especialistas internacionales en ránquines universitarios, publicó en 2025 una reflexión especialmente sugerente. En su artículo Rankings in the Age of Surveillance Capitalism recuerda que estas clasificaciones comenzaron como instrumentos de transparencia y rendición de cuentas, pero progresivamente se han convertido en indicadores de la competitividad global por el conocimiento y el talento.

Hazelkorn va todavía más lejos y advierte de que han pasado de ser herramientas de información a configurar un complejo negocio global de inteligencia y datos. Es una reflexión que merece ser escuchada. Los ránquines ya no se limitan a describir la competencia entre universidades. También pueden contribuir a configurarla: establecen indicadores, crean incentivos, influyen en la reputación institucional y pueden condicionar las decisiones estratégicas de las propias universidades.

Aquí aparece un riesgo bien conocido en el ámbito de la evaluación: cuando un indicador se convierte en un objetivo en sí mismo, puede terminar perdiendo parte de su utilidad como medida de aquello que pretendía evaluar.

Por eso debemos tomarnos los ránquines en serio, pero también analizarlos con criterio. Deben ayudarnos a comprender cómo estamos haciendo nuestro trabajo y dónde podemos mejorar. Lo que no debemos permitir es que acaben determinando qué universidad queremos ser.

La paradoja de competir en un mundo que mejora

Otra reflexión especialmente interesante la encontramos en el profesor Simon Marginson, uno de los investigadores internacionales más reconocidos en educación superior. En su trabajo Space, Power, and Globalization: On the Geopolitics of Higher Education, publicado inicialmente en 2025, analiza las transformaciones del sistema universitario global, las relaciones de poder y el creciente protagonismo de nuevos actores en la producción mundial de conocimiento.

Una de las cuestiones esenciales para interpretar los ránquines es que su lógica competitiva establece necesariamente posiciones relativas. La posición de una universidad no depende únicamente de lo que esa universidad haya hecho, sino también de los resultados obtenidos por todas las demás.

Una institución puede mejorar su investigación, publicar más y mejor, aumentar su impacto científico, atraer talento y desarrollar nuevas capacidades, y, sin embargo, perder posiciones si otras universidades avanzan todavía más rápido.

También puede ocurrir lo contrario: que mejore su posición sin haber experimentado un progreso equivalente en términos absolutos, simplemente porque otras instituciones hayan retrocedido. En un ranquin, bajar no siempre significa empeorar. Y subir no siempre significa haber mejorado.Esta cuestión resulta especialmente relevante en un momento en el que el mapa mundial de la educación superior está experimentando una transformación extraordinaria.

El crecimiento científico y universitario de China es posiblemente el ejemplo más significativo. En la edición 2026 del ARWU, China continental cuenta ya con 234 universidades entre las 1.000 primeras, una presencia que refleja la profunda transformación de su sistema de educación superior e investigación en las últimas décadas.

Sin embargo, debemos distinguir entre el carácter relativo de una clasificación y el progreso real de la ciencia. Mientras que las posiciones de un ranquin son necesariamente limitadas, la generación de conocimiento no tiene por qué responder a una lógica de suma cero. Diferentes países y universidades pueden mejorar simultáneamente su producción científica, sus capacidades investigadoras y su contribución a la sociedad. De hecho, la colaboración internacional constituye uno de los grandes motores del avance científico.

Por ello, la pregunta más importante no debería ser solamente si una universidad ha subido o bajado unos puestos. La pregunta fundamental es si realmente está mejorando: si genera más y mejor conocimiento, si forma mejores profesionales, si incrementa su contribución a la sociedad y si es capaz de mantener ese progreso mientras el mundo universitario continúa avanzando.

¿Y qué nos dicen los datos sobre España?

También aquí conviene evitar los titulares simplificadores. Como se ha venido publicando, y ha destacado recientemente Juan F. Juliá, catedrático emérito de Economía Agroalimentaria de la Universitat Politècnica de València y anterior rector, España ha reducido su presencia entre las 1.000 primeras universidades del ranquin de Shanghái.

Es cierto. En 2018, primer año en el que ARWU amplió su clasificación hasta las 1.000 instituciones, España contaba con 33 universidades. En 2026 son 30: 29 públicas y una privada. Pero los datos completos ofrecen una perspectiva más matizada. En ese mismo periodo, el número de universidades españolas entre las 500 mejores ha pasado de 10 a 12.

Mientras tanto, la competencia internacional se ha intensificado de forma extraordinaria, especialmente por el avance de los sistemas universitarios asiáticos. Y debemos tener presente que situarse entre las 1.000 primeras supone pertenecer, aproximadamente, al 5 % superior de las cerca de 20.000 instituciones de educación superior que habitualmente se consideran en las estimaciones mundiales. No son resultados que justifiquen la complacencia, pero tampoco permiten sostener una visión indiscriminadamente negativa sobre nuestro sistema universitario.

Siempre he defendido que no es justo construir un relato pesimista sobre la universidad española. Tenemos un sistema con una calidad media elevada en el contexto internacional, una amplia implantación territorial y una notable capacidad para desarrollar investigación, formar profesionales y contribuir al progreso económico y social.

Pero también tenemos limitaciones importantes. Y debemos reconocerlas si realmente queremos superarlas.

 España necesita mejorar su posicionamiento internacional y debe aspirar a contar con universidades situadas en los niveles más altos de excelencia científica. Sin embargo, alcanzar determinadas posiciones no depende únicamente del esfuerzo de nuestras comunidades universitarias. También exige disponer de condiciones estructurales que permitan competir con las instituciones de referencia internacional.

En mi opinión, las dos limitaciones fundamentales del sistema universitario público español son su marco normativo y sus modelos de financiación. Dos cuestiones estrechamente relacionadas que condicionan nuestra capacidad para crecer en excelencia, internacionalización y competitividad.

No se trata exclusivamente de cuánto dinero reciben las universidades. Importa también cómo se financian, con qué horizonte temporal pueden planificar, de qué autonomía disponen para gestionar sus recursos y talento, y qué mecanismos de evaluación y rendición de cuentas acompañan sus decisiones.

La autonomía universitaria reconocida en nuestro ordenamiento jurídico encuentra importantes limitaciones en la práctica, particularmente en ámbitos como la política de personal, la gestión económica y la capacidad de desarrollar estrategias institucionales diferenciadas.

Avanzar hacia una mayor autonomía efectiva debería ir acompañado de una rendición de cuentas más exigente, transparente y orientada a resultados. Autonomía y responsabilidad no son conceptos contrapuestos: deben reforzarse mutuamente.

La excelencia también necesita recursos y capacidad de decisión

Los datos internacionales permiten comprender mejor algunas de estas limitaciones. Según la edición 2026 de Education at a Glance, de la OCDE, el gasto público por estudiante en los niveles de grado y superiores fue en España, en 2023, de 12.904 dólares ajustados por paridad de poder adquisitivo, frente a una media de 16.405 dólares en el conjunto de la OCDE.

Y, aun con estas limitaciones, nuestro sistema universitario es capaz de mantener 30 instituciones entre las 1.000 primeras universidades del mundo y 12 entre las 500. Estos resultados reflejan la capacidad y el esfuerzo de los profesionales de nuestras universidades. Pero la eficiencia no puede convertirse en una excusa para perpetuar la insuficiencia de recursos.

La excelencia universitaria no aparece por generación espontánea. Necesita tiempo, estabilidad y financiación. Necesita investigadores, infraestructuras científicas, proyectos ambiciosos y capacidad para atraer, desarrollar y retener talento. Y requiere disponer de instrumentos ágiles para actuar en un entorno internacional extraordinariamente competitivo.

Además, sabemos que la excelencia universitaria y el desarrollo económico y social de su entorno se refuerzan mutuamente. Existen numerosos ejemplos de territorios que han evolucionado hacia auténticas sociedades del conocimiento y la innovación mediante el desarrollo simultáneo de universidades de excelencia, centros de investigación y ecosistemas empresariales dinámicos.

El área metropolitana de Boston-Cambridge, en Massachusetts, constituye probablemente uno de los ejemplos internacionales más conocidos. Sus grandes universidades, centros de investigación y empresas tecnológicas y biomédicas forman parte de un ecosistema en el que el talento, la investigación, la inversión y la innovación se alimentan recíprocamente.

No podemos aspirar a reproducir esos modelos sin tener en cuenta sus circunstancias históricas, económicas e institucionales. Pero sí debemos extraer una enseñanza fundamental: las universidades de excelencia contribuyen al desarrollo de su entorno, y los entornos que apuestan decididamente por el conocimiento facilitan el crecimiento de universidades excelentes.

Nuestro sistema público

Volviendo a nuestro sistema público, considero especialmente importante disponer de modelos de financiación estables y plurianuales que permitan planificar a medio y largo plazo, actualizar la oferta académica, fortalecer las infraestructuras y desarrollar proyectos estratégicos sostenidos en el tiempo. En la Comunitat Valenciana se ha alcanzado un avance significativo mediante el establecimiento de un marco plurianual de financiación de las universidades públicas. Es un logro importante que merece ser reconocido.

Pero la estabilidad presupuestaria, siendo indispensable, no resuelve por sí sola todas las limitaciones del sistema. Necesitamos también un marco normativo que otorgue a las universidades mayor capacidad de decisión y flexibilidad organizativa, acompañado de compromisos verificables de resultados y una rendición de cuentas rigurosa ante la sociedad.

La combinación de financiación, regulación y autonomía condiciona nuestras posibilidades de superar ese techo de excelencia que se percibe en determinadas clasificaciones internacionales. Si queremos universidades más internacionales, capaces de atraer a los mejores investigadores, desarrollar proyectos científicos de frontera y competir por talento con instituciones de todo el mundo, no podemos confiar únicamente en el esfuerzo adicional de quienes ya trabajan en ellas.

Necesitamos ofrecer condiciones atractivas a quienes comienzan una carrera investigadora, facilitar la incorporación de talento internacional, modernizar nuestras infraestructuras científicas y desarrollar ecosistemas de colaboración entre universidades, empresas e instituciones.  No basta con exigir más excelencia. Tenemos que crear las condiciones para hacerla posible. Celebrar el resultado, pero mirar mucho más allá del ranquin.

Por todas estas razones, celebro especialmente el resultado de la UPV en el ranquin de Shanghái. Es un reconocimiento al trabajo de nuestra comunidad universitaria y confirma que una universidad pública española, desde València, puede alcanzar niveles destacados de competitividad científica internacional.

Y quiero subrayar una circunstancia que considero especialmente relevante. El ARWU nació hace más de veinte años con una metodología fuertemente orientada a reconocer a las grandes universidades investigadoras, muchas de ellas generalistas, con una larga trayectoria histórica y una gran amplitud disciplinar.

De sus seis indicadores, dos están vinculados a premios Nobel y medallas Fields y representan conjuntamente el 30 % de la puntuación. En la edición 2026, únicamente una universidad española obtiene puntuación en uno de ellos. Otros indicadores, como las publicaciones científicas indexadas o los artículos publicados en Nature y Science, dependen en parte del perfil disciplinar y de la dimensión investigadora de las instituciones.

En este contexto, resulta especialmente significativo que la UPV sea la única universidad politécnica española situada entre las 500 primeras y la única de las doce universidades españolas de ese grupo que carece de la amplitud de especialidades biomédicas y clínicas propia de las universidades generalistas. La UPV obtiene su posición mediante la calidad y el impacto de su investigación, la presencia de investigadores altamente citados, sus publicaciones científicas y su rendimiento académico. Un resultado que tiene especial mérito dadas las características de nuestra universidad.

Pero hay otra cuestión todavía más importante. Las fortalezas de la UPV en transferencia de conocimiento, innovación, colaboración con empresas, creación de empresas emergentes y formación de profesionales apenas tienen reflejo directo en una clasificación como ARWU. Y tampoco quedan adecuadamente recogidas otras dimensiones esenciales de la vida universitaria, como la experiencia de los estudiantes, la calidad efectiva de sus aprendizajes, la atención que reciben o la contribución de nuestra universidad al progreso social y cultural.

No significa que estas actividades sean más importantes que la investigación. Significa que la excelencia universitaria es multidimensional y que ninguna de sus dimensiones debería quedar subordinada a las demás por el simple hecho de ser más fácil de medir. Nuestra sociedad espera de nosotros investigación de excelencia, pero también una formación de calidad, profesionales competentes y comprometidos, soluciones a los problemas de nuestro entorno y capacidad para transformar el conocimiento en progreso económico y social.

Nos financia para que cumplamos esa misión en toda su amplitud, no para alcanzar una determinada posición en una clasificación internacional.

Confundir el indicador con el objetivo

Por eso, confundir el indicador con el objetivo puede llevarnos a adoptar prioridades equivocadas. Podemos terminar concentrando nuestros esfuerzos en mejorar aquello que mide un ranquin, aunque no siempre coincida con lo que más necesita nuestra universidad o con lo que espera la sociedad a la que servimos.

Nuestro objetivo es mejorar como universidad: fortalecer nuestra investigación y nuestra docencia, ampliar nuestra capacidad de transferir conocimiento, formar a los mejores profesionales del futuro, atraer y retener talento y contribuir cada vez más al desarrollo económico, social y cultural.

Queremos una universidad capaz de generar conocimiento de frontera, pero también de transformarlo en innovaciones útiles. Una universidad internacional y competitiva, pero profundamente comprometida con su entorno. Una universidad que avance tecnológicamente sin perder su dimensión humana.

Si trabajamos con éxito en todos estos ámbitos, los ránquines probablemente reflejarán una parte de nuestros avances. Y será motivo de satisfacción.

Pero no deben marcar por sí solos nuestro camino. No queremos ser mejores para subir en los ránquines. Queremos mejorar como universidad, y esa mejora también puede permitirnos avanzar en ellos. Porque nuestro objetivo no es ocupar una determinada posición, sino ser la universidad que nuestra sociedad necesita.

Ese es el verdadero reto.

José E. Capilla Romá

Rector de la Universitat Politècnica de València

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