No es fácil olvidar la fecha del 30 de noviembre de 2022. Aquel día se lanzó ChatGPT. No íbamos a tardar mucho en descubrir su alcance e impacto: en cinco días ya tenía más de un millón de usuarios. En dos meses, ya había cautivado a cien millones de personas. La inteligencia artificial dejó de ser una conversación de expertos para convertirse en una realidad cotidiana, algo que se extendió de forma auténticamente viral.
Su irrupción ha sido tan rápida que apenas nos ha dado tiempo a asimilar sus implicaciones, pero sí nos ha obligado a hacernos preguntas profundas. No solo sobre la tecnología en sí, sino sobre nosotros mismos: sobre cómo enseñamos, cómo aprendemos, cómo evaluamos y, en última instancia, qué tipo de sociedad queremos construir.
En el ámbito universitario, la IA no puede abordarse desde el miedo ni desde la negación. Intentar prohibir su uso sería tan ingenuo como ineficaz. El estudiantado ya convive con estas herramientas, las utiliza y las incorpora a su día a día con una naturalidad que supera, en muchos casos, la capacidad de adaptación de las propias instituciones. Esto nos obliga a un ejercicio de honestidad: el modelo educativo tradicional, basado en la memorización y la repetición de contenidos, ha quedado definitivamente superado.
La IA debe entenderse como una aliada, no como una sustituta. Puede ayudarnos a automatizar tareas administrativas, a personalizar el aprendizaje, a mejorar procesos de tutorización y a liberar tiempo para aquello que verdaderamente aporta valor: el pensamiento crítico, la creatividad, el debate y la investigación. Pero para que esto sea posible es imprescindible revisar en profundidad cómo y qué enseñamos y, especialmente, cómo evaluamos.
Este cambio supone revisar planes de estudio, metodologías docentes y sistemas de evaluación que parecen anclados en marcos normativos de otro tiempo. También exige un esfuerzo decidido en la formación del profesorado y una integración transversal de la inteligencia artificial en todas las disciplinas. La IA no es un asunto exclusivo de ingenieros o informáticos. Afecta por igual a artistas, juristas, economistas, comunicadores, arquitectos o profesionales de la salud. Entenderla, saber utilizarla y saber cuestionarla son ya competencias básicas del siglo XXI.
El debate ético adquiere aquí un papel central. La inteligencia artificial no es neutral. Los algoritmos se entrenan con datos que reflejan sesgos y desigualdades preexistentes. Incorporar la IA a la educación sin una reflexión ética profunda sería una grave irresponsabilidad.
A este debate se suma otro igualmente crucial: el impacto energético de la inteligencia artificial. Entrenar grandes modelos de lenguaje implica miles de horas de cálculo en centros de datos con un elevado consumo energético. Para hacerse una idea, el entrenamiento de modelos de gran escala como GPT‑3 ha sido estimado en torno a decenas de miles de kilovatios hora, equivalentes al consumo de una vivienda media durante más de veinte años. Así se estima en estudios como el de Patterson, D. et al. (2021), “Carbon emissions and large neural network training”.
La inteligencia artificial no va a sustituir a las personas ni a las universidades. Va a obligarnos a ser mejores: a enseñar mejor, a pensar mejor y a asumir que el conocimiento ya no puede entenderse como mera acumulación de información, sino como capacidad de interpretarla y ponerla al servicio del bien común. En este contexto, la universidad pública tiene una responsabilidad irrenunciable. En universidades tecnológicas como la Universitat Politècnica de València, esta responsabilidad es aún mayor. No solo porque participamos activamente en el desarrollo de estas tecnologías, sino porque debemos liderar su integración responsable en la educación, la investigación y la transferencia de conocimiento.
La inteligencia artificial no define el futuro por sí sola. Lo definirá la forma en que decidamos diseñarla, regularla y utilizarla. Porque, en última instancia, no se trata solo de construir máquinas más inteligentes, sino de formar sociedades más conscientes, más justas y más humanas.
(*) Imagen creada con IA